Entre líneas
La mujer que amo, esta repartida en unos 4 - 6 libros que siempre releo. Y en cada lectura ella afirma el carácter. Yo en cambio, me evaporo, me desarmo y mudo a vivir en espejos.
Como el otro día en la banquita verde del malecón. Llegué puntual y abrí mi libro en el capítulo 41 y ahí estaba, disfrutando del sobrepeso de las letras. Todo perfecto, hasta que en la otra banca se sentó un señor gris y sacó su 2666 rebosante, lo abría en la mitad y comenzaba a leer como si compitiera conmigo.
Yo que quería terminar de encontrarte, comencé a buscarte entre las páginas e iba agarrando las frases por cada línea, me levantaba para colgar una esquina al árbol y la otra atarla al banquito para saltarlas y ejercitar mis piernas.
El tipo gris por su lado, agarraba el 2666 como si fuera un sándwich gigante que se comía en 3 mordiscos, mientras el libro lo empachaba de imágenes y el tipo se levantaba para caminar un poco y beber del te de un libro light.
En uno de sus descuidos, el libro -cansado de tanto atropello- canjeaba sus letras por hormigas, que salían corriendo por los adoquines. Era una fila india de puntos suspensivos que comenzaba a repletar el malecón de hormigas asesinas, violencia literaria repleta de opiniones encontradas e incapacidad de abstracción.
Yo me trepaba a la banquita verde, esperando esquivar las frases llenas de excesos y poco a poco me subía al árbol buscando no ser arrasado por el ejército de insectos hambrientos. Por su parte, tú huías cada vez más. El capítulo 41 se enflaquecía, perdiendo grosor y yo me iba sintiendo como el capítulo 34, no teniendo muy claro, cual era la parte “entre líneas” que debía leer.
Finalmente, agarré las hojas dislocadas del libro y corrí hasta la baranda, como si fuera competencia de 100 metros vallas, para dar el último salto seco antes de sumergirme en la literatura profunda de algas espesas del río Guayas.
Difuso, empapado, quebrado. El libro terminó chupado a mi piel, vistiéndome de tu humedad que empapó el río. Y ahora sin tablones entre las ventanas, ni temores de caer a la calle, entrelazabas tus puentes a mi cintura para sacarme a flote, creabas nuevos túneles anfibios, por los cuales te ingeniabas para acercarte ingenua pero clarísima.
La mujer que amo es dueña de 27000 puentes. Cada uno sumado como ramo de rosas inagotable, como libro de arena de Borges, como smog escazo de Huilo. La mujer que colecciono está repartida en unos 4 - 6 libros que siempre releo.
Pero los libros se agotan.


