Alucino cada vez que se va la luz. Aprovecho para expatriar ascensores e inevitablemente el caracol de escaleras me hace marear. Al subir comienza a escasear el aire, transpiro y voy dejando lagunas de imaginación paso a paso. Miro gloriosamente la pared, el letrero de “primer piso” me hace suspirar como quien llega tarde a una cita, esperanzado, busca pero finalmente se da cuenta que sencillamente la dama ya no está. Pero bueno, no es para tanto. Faltan 9 pisos y seguramente sacaré músculos, que el omega 3, la salud, etc.
Mi abuela me espera mañana. Lo más divertido, es que hará arroz con recorte.
El piso 3 es una locura. El vecino del único departamento se ha apropiado del corredor y ha puesto fotos de ocho mujeres, destacando cinco con un visto. Imagino que serán las damas inalcanzables que alguna vez besó o por ahí, las mujeres con las que logró conversaciones épicas. Ahora que lo pienso, hay tantas personas con las que me hubiera encantado conversar, o por lo menos cruzar palabras como quien comparte la dirección de la mirada a un mismo semáforo. Siempre me ha entusiasmado la luz amarilla para ver como todos se alteran, como reaccionan diciendo ¡para! ¡sigue! ¡de ley alcanzabas! y cuando se dan cuenta, todos residen sobre el paso cebra alienados desastrosamente.
Estoy sin filtro. Mañana hay chocolatada en casa de mi abuelita y seguramente podrás comer arroz con recorte. No tienes la mínima idea que es eso… y yo intento explicarte. Mi abuelita agarra una olla gigante y cocina arroz, posteriormente coloca pedacitos cuadrados de las cosas que se le ocurran. A veces es jamón, salchicha, o por ahí zanahoria. En ciertas ocasiones mi abuela Pepa recorta fotos de platos gourmet que encuentra en las revistas y sin exclusión, le mete todo a la cacerola... fragmentos de poemas, muestras gratis de música que le sobran de tanto escuchar. El aparato de metal se engorda, reboza y todos los nietos preparamos la abertura precisa de boca para meternos todo eso… así no encaje.
El piso 5 es tan blanco que me dan ganas de dibujar. Agarro un poco de tiza y sumo líneas decisivas a la plana decoración. Cuando voy subiendo me doy cuenta que muchos seguramente tomarán las escaleras equivocadas.
¿Y tu abuelita no me verá como bicho raro al no comer nada de jamón? –No creo, le explico que te alimentas de otros recortes y ya… acortamos explicaciones-.
El piso 8 está lleno de ventanas con cortinas que cuando se abren se muestran rellenas de espejos.
La luz aún no regresa y me pides aburrida entre luces de velas que recite algún cuento y comienzo a relatarte el círculo vicioso para principiantes de Miguel Antonio Chávez, pero bostezas y remarcas entre el eco: “¿no que teníamos petróleo?”
Desde el ventanal del piso 10 se aprecia una ciudad abstracta, dudosa. La neblina que se mete por mi ventana abierta huele a Guayres. Te recuestas en el sofá, liberas tu cabello como pescador que lanza un anzuelo y mientras comienzo a preparar arroz, prometo que lo iré sazonando con fotografías fantasmales para empalagarnos juntos al admirar -cuando despiertes- la nueva luz que nunca volvió.
Andrés, Quito 12 -12 - 2011