Es sencillo. Nunca mira a los ojos de nadie. Siempre agarra y prepara las mezclas con esas gafas gigantescas. Hoy para variar le pediré lo de siempre y de seguro levantará sus telescopios, me mirará con esos ojos negros coloreados de rímel, las pupilas se apartarán como quien abre un paraguas y lanzará un grito furibundo, solitario, quieto, de esos que se escuchan del otro lado de la península, de esos que arropan el esternón y flagelan el apetito de un hambriento ansioso por un colorido Yapingacho en Londres.
Yo llegaré seguramente con mi aliento a escala de grises, saltaré la barra para acorralarte y te amenazaré con unos audífonos puntiagudos de los cuales chorrea el coro de un bolero fatalista de 1951. Pero no. De repente comenzarás a cantar, levantarás la voz y silenciarás la música para repetirme hasta el cansancio: No tengo Guardarraya.
Andrés Emilio, Quito 19 – 12 - 2011

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